martes, febrero 09, 2016

Margen de error *

 
Un día de noviembre del año dos mil, en Nueva York, por primera vez asistí en viaje a una contienda electoral aguerrida. No volvió a ocurrirme y, salvo en Argentina, no presencié dos elites políticas tan confrontadas. Desde diversos bares, por la noche, después de las elecciones, ante el cruce de información, me transformé en una especie de fanático demócrata, sólo por mi antibushismo. Los presentes miraban los televisores suspendidos en la altura como si observaran un partido de básquet. Algunos se tomaban la cabeza, como si no pudieran comprender que vivían en un país donde casi la mitad de la población había elegido a un belicista de coeficiente intelectual incierto. La mayoría estaba expectante con los resultados que empezaban a llegar desde el Estado de Florida, donde a último momento, al parecer, ante los resultados sorpresivos favorables a Bush en Tennessee, el estado natal de Gore, se dirimiría la elección. Era el voto latino el que decidía el futuro de la nación más poderosa de la tierra, pero nadie imaginaba el infierno que se desataría después.  
Yo había llegado al país un mes antes y había recorrido los estados del sur, donde algunas familias conservadoras, descendientes de confederados, clavaban en sus jardines banderines favorables al candidato republicano. En menor cantidad había estandartes que tomaban partido por Al Gore. La mayoría de las encuestas daba favorito al candidato demócrata por poco, aunque debido al particular sistema federal de representación que todavía se mantiene, no se sumaban los votos totales del país, sino que cada candidato al ganar en un estado sumaba electores, cuyo número estaba en relación a la cantidad de habitantes –un poco como los diputados en Argentina-. (Bajo este particular sistema, el presidente argentino se consagraría con sólo ganar en la provincia de Buenos Aires y Capital Federal por un voto). También, bajo este particular sistema, era posible obtener la presidencia con menos votos pero con más electores, como le sucedió a Bush. Aunque en la sumatoria de votos a nivel nacional Al Gore obtuvo más de medio millón de votos que su contrincante, lo que determinó la presidencia –y puso en duda la eficiencia del sistema de elección indirecta- fueron los trescientos votos de Florida que a Bush le dieron electores suficientes en el Congreso.
Trescientos votos en un estado de dieciséis millones como Florida  no son nada. Pensar que una elección nacional se definió por trescientos votos que probablemente, como sugerían los analistas políticos, provenían de una balanza inclinada por latinos afincados en la península, es completamente absurdo para la principal economía mundial, pero no es ajeno a nuestra actual realidad. Sin esos trescientos votos de ventaja –que todavía se presumen fraudulentos- tal vez no hubiera existido el 11S, la invasión a Afganistán, la guerra en Irak comandada por un lobby petrolero que dejó miles de muertos y familias desplazadas.
Es probable que la próxima elección nacional, pese al pronóstico de las mismas encuestas que vaticinaron un posible triunfo de Scioli en primera vuelta, se dirima de ese modo, por lo cual cada voto tendrá un peso especial: un voto arrojado contra una estadística. Hay fatalidades anunciadas más allá de la propaganda y los discursos de campaña. Aunque si el próximo 22 de noviembre un viajero entra en pánico en un bar de Palermo, no se deberá al triunfo de Macri en sí, sino a su bailecito y a la escenografía tinellizada de la política local.





* Columna publicada en Cultura Perfil el 15/11/15

No hay comentarios.: